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La terapia no va de cambiar, va de aprender


El descenso a los infiernos es el viaje hacia las partes de nosotros mismos que están separadas, repudiadas, que son desconocidas, no deseadas, proscritas y exiliadas en los diferentes mundos subterráneos de la consciencia…el objetivo de este viaje es reunirnos con nosotros mismos. Esta vuelta a casa puede ser sorprendentemente dolorosa, incluso, brutal. Para realizarla, primero debemos aceptar no exiliar nada.
  • Stephen Cope


Descolgar el teléfono. Las manos tiemblan y el pecho baila al ton-tón de la boca de tu estómago. Pedir la cita. Tono indiferente: ¿qué es lo que te pasa?. A ella no le importa, solo es para completar una ficha. Te quedas callada. Insiste. Dudas. ¿Hola?. Balbuceas. ¿Ansiedad?. Sí, eso. Colgar.


Dos días sin dormir. Ojeras. Un pantalón detrás de otro. Qué me hago en el pelo. Está camiseta es demasiado alegre, esa demasiado vieja. Nadie va a creer que estoy mal si me pongo guapa. Igual no estoy taaan mal. No lo necesito. Culpa. Le estoy quitando el sitio a alguien que esté peor que yo. Arrepentimiento. Una idea. Llamar y decir que estás enferma. ¿Y después qué?. Ponte lo que sea. Sal de casa. Prueba y a ver qué pasa. En el metro todas las personas son ajenas al pánico que recorre mi cuerpo. Escribo. Llego pronto. Tiemblo un poco más. Suspiro. Entro.



Dos días a la semana me siento ante una persona que no conozco. Tardo un mes y medio en saber su nombre. No pregunto. Por vergüenza, por miedo, por no molestar. Me considero una persona bastante callada, pero con ella paso toda la sesión hablando. Me pregunto cuántas cosas he callado. Decirlas en voz alta es como un antídoto. Hay algo que se desdobla por dentro. Cuando le cuento mis problemas me escucha, me atiende, da valor a mis palabras. Pero no es eso lo que le interesa. ¿Por qué crees que esto te duele?¿Has sentido esto antes? Hablemos de tu adolescencia, de tu familia, de tu infancia. Una punzada. Un dolor viejo. No sé quién era esa. ¿Por qué no te gusta hablar de eso?. ¿Por qué no dijiste nada?. Si no es eso lo que querías, ¿por qué lo hacías?. Todo lo que cuento sigue un mismo patrón. Un «pobre yo». Me mira: tú, en realidad, no quieres ser LA víctima. ¡SORPRESA!. Abro los ojos. Me ofende. Me enciende. Tú tienes agencia; tú decides, las cosas no pasan y ya, tú escoges a quién quieres cerca, de quién te alejas, que sí, que no, qué más tarde, qué ahora. Te han hecho daño, es injusto, es horrible, aprende cuál fue tu papel y no lo repitas. ¿Qué papel has decidido tener hasta ahora en tu vida? ¿Cuál quieres tener? ¿Quieres responsabilizar al resto o quieres salir de esta?.

No quiero hablar más. No me he caído bien nunca. Cuanto más hablamos de mí, más veo lo mal que me quiero. Quién. Quién. Que quién es esa. Esa eres . No mientas. Un dolor nuevo. Agudo. Pequeño. Intenso. El dolor de conocerse a una misma. Una queja. Consigo mirarla a los ojos. Si esto va de quererme mejor, lo estamos haciendo mal. No tienes que caerte bien siempre, pero es importante que sepas quién eres. Quién es esa. Quién soy yo. Quién es la que hay entremedias de las dos. Eres, y has sido, quien puedes ser con los recursos que tienes. Todo esto no me gusta. Todo esto duele. No puedo más. No quiero más. Voy cada semana, pero solo le hablo de problemas cotidianos. Niebla emocional. Si ya estoy bien, no lo necesito. Todo va bien. Acaricio la superficie. Una sonrisa. Estoy bien. Corazas abajo. Vuelve a sumergirse en mi mente como quien se tira de un trampolín, segura y elegante. Todo sobre lo que no quieres hablar es lo que va a seguir haciéndote daño. Cuando duele es cuando callo. Tú qué opinas. Silencio. Los ojos secos, el corazón de piedra. Frío. No lo sé. Está bien, ya habrá tiempo de saber.


Lo que he aprendido hasta ahora es que la terapia no te da respuestas, te da las preguntas. Aquellas que se quedan dentro hasta que algún día eres capaz de entenderlas. Siento que en mis sesiones he tocado fondo, hemos arado mi tierra más profunda, encontré restos de huesos y algunas semillas, aún estoy aprendido a regarlas. Fue bonito entender que no brotarían de mí flores nuevas, sino que serán las mismas de siempre. Mismo color, mismo olor, mismos frutos. La terapia no va de cambiar, va de aprender a hacerlo distinto siendo la misma persona. Va de conocerse, con lo bueno y con lo malo. De aprender a ser crítica con una misma -sin ser aplastante- antes de intentar perdonarse del todo. La terapia va de buscar el refugio dentro. Va del calor de aceptarse, de nuevo, con lo malo y con lo bueno. Respetarse y quererse, aunque a veces no nos gustemos. De entender. Creo que la terapia va de querer entender que no importa no tener las respuestas si confías en que llegarán cuando sea el momento.

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