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Instagram (ya) no es mi jefe

tu arte no consiste en la cantidad de gente a la que le gusta tu trabajo tu arte consiste en si a tu corazón le gusta tu trabajo si a tu alma le gusta tu trabajo consiste en lo sincera que eres contigo misma y nunca debes cmbiar la honestidad por el reconocimiento -rupi kaur

Ordeno la mesa de mi estudio. Coloco el trípode justo enfrente. Me tiemblan las manos mientras miro el plano a través de la pantalla de mi móvil. Hablo sola durante diez o igual quince minutos. Suspiro. Me escucho. Una y otra vez. Me miro. Una y otra vez. Tengo ojeras. Una mirada triste y cansada. Sonrío pero se nota que no es lo que quiero hacer. Hoy no me gusta mi cuerpo. Llevo puesto un jersey grueso que lo oculte, pero la incomodidad puede notarse en cada uno de mis gestos. He dormido mal y no he tenido fuerzas de ducharme. Las fuerzas justas de ponerme a trabajar. De grabar este estúpido vídeo. Para qué. Un moño mal hecho que no me favorece. Pero enseñar tu cara vende. Me grabo porque enseñar tu cara vende. Edito. Qué vende. Añado los subtítulos. Repaso el texto. Lo veo. Me veo. Me escucho. Una y otra vez. Soy capaz de notar la boca de mi estómago. Es una mala señal. Mi cuerpo me dice que algo no va bien. Bloqueo la pantalla. Cierro los ojos mientras acaricio mi vientre. Qué vende. Mi trabajo no es este.

Me repito que todas las personas hacemos cosas que no nos gustan en nuestro trabajo. Digo: disfruto al tatuar, al diseñar, al escribir, al planificar, al maquetar...pero las redes es la parte de mi trabajo que no me gusta. Pienso en qué momento las redes sociales dejaron de ser un refugio al que huía para convertirse en otra jaula. He disfrutado con las redes sociales hasta que me volví esclava de ellas. Hubo un momento en el que hablar a cámara era divertido y no una obligación, en el que no me daba miedo mostrar mi opinión, mostrar mi vida, mi casa, las cosas que me hacían feliz. Hace tiempo que siento una obligación a ser quién no soy, a mostrarme positiva, exitosa, alegre también en redes. También, porque ese ha sido mi papel toda la vida, me lo sé de memoria. Hay días que me duelen las mejillas de sonreír aunque no tenga ganas. Hubo un momento en el que las redes fueron un respiro, un lugar en el que ser así no era necesario. Pero ahora lo son. Y, definitivamente, mi trabajo no es ese.

Enseñar tu cara vende. Pero qué vende. A veces, te vende a ti. La finísima línea entre venderte a ti misma y mostrar la humana, la parte real de quién hay detrás. A qué precio vamos a jugarle el juego a una red social que no solo no nos ayuda, sino que nos pone la zancadilla cada vez más como artistas. Yo no quiero sentir que me vendo a mí. Yo no quiero caerle bien a la gente. Yo quiero que mis tatuajes gusten tanto como para que alguien confíe en mis manos para plasmar sus ideas, que mis dibujos hablen de tal manera que alguien quiera ponerlos en su pared para verlos a diario, que mis textos conmuevan.

Hoy 331 personas han visto mis historias. Unas 3000 si subiese el vídeo que acabo de editar. A más de 600 personas les interesa más mi opinión, mis ojeras, mi gesto de incomodidad que mi trabajo. Hace un mes que abrí mi página web. Una media de 50 personas leen mi blog. 50 es menos que 3000, menos que 600, menos que 331. Pero sonrío. Y esta vez con ganas. Pienso que esas 50 personas me ven más real en mi textos que en cualquiera de mis vídeos. Decido no subir ese vídeo. Decido escribir todo. No quiero venderte nada. Lo único que quiero que sepas es que: esta sí soy yo. esto sí es real. mi trabajo es este.

Noto un hormigueo en mis manos mientras escribo esto. Tengo los pies fríos. Hay una voz en mi cabeza insiste: si no eres como las demás, te quedarás sin trabajo. Es la misma voz que hace años, y aún a veces en mis malos momentos, me decía: si no eres como las demás, no tendrás amigas. El miedo al fracaso, al rechazo, a no ser todo eso que se aplaude, que se quiere, que es lo que está bien. Leo el poema de rupi kaur que me acompaña desde hace años; hace años arranqué una página a uno de sus libros (la única vez que he roto un libro, necesitaba tenerlo cerca), la enmarqué y lo leo cada vez que me bloqueo y levanto la mirada.


Pienso que no he construido todo esto, ni pasado por tantas cosas en estos seis años para terminar fingiendo ser alguien que no soy en mi trabajo. Borro el vídeo y siento alivio. Me prometo no volver a hacer algo que no quiero hacer. Yo voy primero. No importa cuántas personas esperen, observen, compren, lean. No importan 17000, ni 3000, ni 600, ni 331, ni 50. Es a mí quién quiero caerme bien. El trabajo que estoy construyendo con tanto esfuerzo se basa en mi bienestar, mi ritmo, mi forma de hacer las cosas. Soy sincera conmigo. Decido no cambiar mi honestidad por el reconocimiento. Y a ver qué pasa ahora.


A ti que has llegado hasta aquí. Te abrazo. Gracias por leer, de corazón.


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