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escritura salvavidas


una página en blanco. el cuaderno me recuerda a unos brazos abiertos. yo te acojo. yo te protejo. una vela encendida. olor a incienso. es tan pronto que el mundo entero sigue durmiendo. suena el calentador de agua, pero hay silencio. cierro los ojos y vuelvo. a ti, a mí. como una bestia herida e infatigable recorre el camino de vuelta; sedienta, pero viva. descanso. respiro. escribir no sé hacerlo deprisa. escribir ralentiza mi cabeza. necesito pensar despacio. necesito pensar. ordeno lo que quiero escribir mientras mi mano recorre la página y la va acariciando. tengo los pies fríos. me voy a la cocina, abrazo con las dos manos la taza de té y, de camino, cojo la manta arrugada que anoche dejamos en el sofá. el cuaderno siempre espera, paciente, a que vuelva. porque yo siempre vuelvo.

hace tiempo que me siento perdida. me he dejado ser lo que espera el resto porque es lo más fácil, aunque me hace daño. ha vuelto a importarme lo que piensen de mí y eso es una carga tan pesada, tan conocida, tan mía, que aún tenía el huequito exacto de la última cicatriz. justo en medio del pecho. no hay respuestas a todas mis preguntas cuando pido convertirme en otra persona totalmente distinta. los renglones se llenan de letras pero parecen vacíos. cada vez es más frío volver a escribir. suspiro. no quiero prestar atención a todo lo que hay dentro. escribir no sirve de nada cuando aún llevo la armadura puesta. es la misma sensación que al encender la televisión, mucha estimulación pero yo no siento nada.

escribo antes era más feliz. lo tacho. dudo de si algún día he sabido serlo. sobre el papel: lo has sido y sabes serlo. tres páginas en blanco cada día. a veces dudo de si es el mundo o soy yo quien no me deja ser quien soy. quien no me deja reír, llorar, gritar, sentir cuando quiero hacerlo. lo siento. no lo he escrito yo. has sido tú. me recompongo cada mañana con un bolígrafo en la mano. me rompo al volver a casa. el té se ha quedado frío.

yo me quedo con las ganas de ser otra persona. alguien que no escriba; que no olvide quién es, al menos, dos veces a la semana; alguien capaz de escucharse a pesar de sus pensamientos; me gustaría poder sentirlo todo, pero a poquitos. no soy esa persona. le hice una casa de ladrillo y ventanas amarillas en mi vientre a esa chica que no tiene miedo a perderse y que le es fácil ser y estar. pero yo no soy esa persona. he decorado con flores un rincón de mi pecho, he puesto unas velas y me siento en el suelo a escribir a diario. no es una casa del todo, pero es un refugio. y siempre vuelvo. vuelvo y me acomodo con esmero en la esquina buena, a la luz de las velas, envuelta en una manta que me de calor. me quedo ahí hasta que me siento mejor. al final, siempre me siento mejor.


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