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Decepcionar es liberador


pasá de vuelta, yo me transformo como sex siren, yo me transformo me contradigo, yo me transformo soy toa las cosas, yo me transformo - La Rosalía

Si cierro los ojos y me concentro lo suficiente, soy capaz de regresar hasta el centro de la presión en el pecho de cuando digo pero quiero decir no. ¿Cuántas veces debes sentir algo hasta recordar con precisión su sensación física?. Da igual la situación, lo que duele es siempre lo mismo: el (auto)abandono. Un suspiro. Dialogo conmigo. Te han enseñado a no estar contigo, pero no a cómo sobrevivir sin ti. Tu cuerpo habla; no puedo más, no quiero eso, esto es insoportable, vete de aquí. Te han enseñado a no escucharte y, por eso, solo atiendes cuando el mensaje ya es implacable. Cuántos dolores de tripa. Cuántas contracturas. Cuántas jaquecas. Cuántas, dime, cuántas señales hacen falta para que te hagas caso.


No quiero ir a esa fiesta. Insisten. Me visto. Voy. Me (es)fuerzo. Sonrío. Paso horas aparentemente tranquila. Las rodillas inquietas. Vuelvo a casa agitada. Tardo en dormirme. Al día siguiente exploto por cualquier tontería. No soy inestable, reprimir mi búsqueda de bienestar para agradar el resto hace que acumule muchísima tensión, sencillamente, por algún lado tenía que salir...

Podrías ir al gimnasio, podrías tocar la batería, cantar en un grupo de punk, boxear, patinar, escalar, podrías correr hasta que tus piernas tiemblen y no pudieses más. O podrías no convertir las expectativas ajenas en autoexigencias. Lo más sensato, aunque no lo más sencillo, sería no permanecer en la idea que el resto tienen de ti si eso te hace daño. Transformarse es crecer. Poner en práctica el autocuidado hace que resulte imprescindible buscar el silencio fuera para escucharse adentro. Soltar las necesidades ajenas para poder hacerse cargo de una misma y, desde ahí, cuestionar nuestras costumbres, nuestros planes, nuestros vínculos. Crecer es cambiar. Y cambiar, inevitablemente, es fallar a las expectativas que se tenían de nosotras. Cuando no encajas con lo que realmente se espera de ti, tu alrededor se desconcierta. Tu madre, tu padre, tu prime, tu amigade la infancia, tu compañere de trabajo, tu yo del pasado, hasta esa persona que no conoces pero te sigue desde años en tus redes sociales van a sentirse desconcertadas si dejas de responder a lo que creían que sabía de ti. Y, cuando esto ocurre, pueden pasar dos cosas: que esas personas entiendan (o no, pero sí) apoyen y respeten tu proceso de cambio, o que se sientan defraudadas y te recriminen no continuar siendo la idea de ti a la que se sienten aferradas. Decepcionar es liberador porque te permite identificar todo aquello que no resuena con tu ahora y escoger rodearte de relaciones que sí te nutren e impulsan a seguir creciendo.


Si cierro los ojos y me concentro lo suficiente, soy capaz de regresar al hormigueo en las manos de la primera vez que quería decir no, dije no, y no pasó nada. Incredulidad y alegría. Lo celebré dando saltos. Los meses siguientes fue un descontrol. No. No. No. No. No. No. No. No. No al resto. a mí. Consentí a mi niña interior por todo lo que había aguantado hasta ahora. Comencé a celebrar cada rincón de mi misma, en lugar de avergonzarme de ellos. Dije no hasta que realmente quise decir . Hasta alejar de mí lo que hacía daño y aceptar lo único que merezco (lo único que mereces): amor y respeto.

Y qué bien.


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