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a vivir se aprende observando a los animales

Actualizado: 18 nov 2022

- lo que bilbo me ha enseñado de la vida real


En unos días Bilbo, el amor de mi vida, cumple diez años. El corazón me da un vuelco al pensar en lo rápido que pasa el tiempo. Aún puedo sentir el dolor en mi brazo dormido por cargar con él durante más de una hora de renfe; apenas tenía un mes, le envolví en mi pañuelo y él se iba quedando dormido en mi pecho, era la envidia de todo el vagón y nadie se acercaba a tocarle porque daba gusto verle tan dormidito. Ahora lo hace en la habitación de al lado. Le gusta cuando no hago la cama porque pasa la mañana encima del edredón amontonado. A mí no me gusta dejarla sin hacer, pero suelo amontonarlo en un ladito de la cama para que él lo disfrute. Porque lo que él hace es disfrutar. Un edredón, un paseo, una caricia; él no solo siente las cosas, las disfruta. Y esa es una de las cosa que he aprendido de él, a disfrutar. A prestar atención a lo pequeño: una breve brisa, el vuelo de una mosca, el olor a pan recién hecho de la panadería de la esquina, el calor del sol que entra por un huequito de la ventana. A veces, mientras paseamos, frena y le veo cerrar los ojos mientras el viento le despeina la cara. Cada vez que hace eso me recuerda que pararlo todo ya es hacer algo, que es mucho más que no hacerlo y no sentir nada.


No es un perro extrovertido, suele ir a lo suyo, no busca mimos ajenos ni interactuar con personas o perros por la calle a menos que note buen rollo o tenga el día juguetón. No es que sea arisco, es solo que no le interesa. Si te acercas a él no te hará un mal gesto, solo evitará el contacto y se alejará en cuanto la interacción empiece a parecerle demasiado. Me gusta porque es tan adorable que todo el mundo se le acerca con una energía desbordante y él, a su manera, sabe ponerles en su sitio sin que nadie resulte ofendido o molesto. Todo esto es algo que, realmente, admiro de él. Que sea tal y como es, busque su bienestar e cada situación y no pase nada por ello. Me ha demostrado que es posible y está bien mostrar afecto por quiénes quieres y, a la vez, buscar sus momentos de soledad. Gracias a él, he empezado a practicarlo y todo se ha vuelto un poco más divertido.

Otra cosa muy importante que he aprendido de Bilbo es a tocar tierra, hasta que llegó andaba totalmente desconectada del mundo que me sostenía. Tirarme al suelo junto a él, o incluso pasear descalza por el campo son cosas que empezaron por pura curiosidad de entender y sentir como él entendía y sentía el mundo, y se han convertido en actos habituales que me devuelven a la vida real. La horizontalidad en lugar del vértigo. No era consciente del poder que tenía la propia tierra sobre mí hasta que le di un espacio en mi vida.

Por último, nuestro recorrido a lo largo de los años me ha enseñado algo que hace que pueda dormir siempre con calor en el pecho. Bilbo y yo hemos hecho vida en bastantes sitios: Madrid, Salamanca, Pamplona, Alicante, Barcelona... él me ha enseñado que da igual dónde sea, el hogar está dónde te sientas querida. Que mi hogar son las personas que me hacen feliz, no las casas. Todo es pasajero menos eso. Desde entonces, como siempre digo, mi casa tiene cuatro patas y, pronto, diez añitos.


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